06 Mar
06Mar
Hace muchos siglos, cuando Granada todavía era una ciudad de jardines, fuentes y murallas moriscas, vivía en una de esas casas blancas del Albaicín un joven halconero llamado Yusuf

Su familia cuidaba halcones para los nobles de la ciudad. Los pájaros eran rápidos como el viento de Sierra Nevada y orgullosos como los reyes que gobernaban la Alhambra.

Cada mañana, Yusuf subía a la azotea de su casa. Desde allí veía la ciudad entera: los tejados de barro, los cipreses que parecían tocar el cielo y, al fondo, los palacios rojizos de la Alhambra brillando al sol. Con un silbido suave llamaba a su halcón favorito, Zafir, que bajaba en picado desde el cielo como una flecha viva.Pero Yusuf no solo amaba a los halcones. 

También amaba las historias que los ancianos contaban en las plazas del barrio: relatos de poetas, de reyes nazaríes, de jardines secretos y de estrellas reflejadas en las acequias.Decían los viejos que Granada era una ciudad hecha de tres cosas: agua, piedra y memoria.Una tarde de primavera, cuando los naranjos estaban en flor, Yusuf soltó a Zafir y lo vio volar alto sobre la colina de la Alhambra. 

El halcón dio vueltas sobre las torres y luego regresó lentamente, como si quisiera mostrarle al muchacho todo el mundo que cabía en ese pequeño valle.Yusuf comprendió entonces algo que los ancianos siempre repetían:
que Granada no pertenece a una sola época ni a un solo pueblo.


Pertenece a todos los que la miran con amor.Muchos años después, cuando el tiempo cambió la ciudad y llegaron nuevas gentes y nuevas historias, alguien pintó una postal como la de tu imagen. 

En ella dibujaron el Albaicín, los halcones y la Alhambra al fondo.Tal vez sin saberlo, estaban guardando para siempre el recuerdo de aquel barrio, de sus tejados blancos… y del joven halconero que cada mañana soltaba su halcón hacia el cielo de Granada. 🕊️🏛️✨
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