01 Mar
01Mar

En la luz dorada que acaricia las colinas de Granada, la tarde suspira entre cúpulas y tejados antiguos.
La ciudad se derrama como un poema árabe sobre la piel tibia del horizonte.
Las montañas vigilan en silencio, coronadas de nieve y memoria.
El aire huele a jazmín y a historia dormida en los muros rojizos.
Cada calle empedrada guarda pasos que aún resuenan bajo balcones de hierro.
El sol, antes de irse, incendia las torres con un fulgor de cobre y miel.
Sombras largas se deslizan como secretos por los patios escondidos.
El murmullo lejano de una fuente parece contar leyendas de reyes y guitarras.
La noche se aproxima lenta, vestida de azul profundo y estrellas tímidas.
Y Granada, eterna y serena, late como un corazón antiguo bajo el cielo andaluz.



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